El Don de la Bendición

El Monte Kush se alza majestuoso bajo un cielo arremolinado de verdes neón y púrpuras, con islas flotantes de nubes algodonosas que danzan sobre paisajes idílicos. Esta es la historia de cómo Paradise, un terpenauta de espíritu celestial, conoció a Maestro Puff, un encuentro que despertó su don en el corazón de este mundo divino.

Paradise era un querubín adulto de pelo y barba de oro. Su mirada, detrás de lentes como estrellas traslucidas, era también dorada. Su indumentaria de blanco inmaculado con algunos detalles brillantes, parecía hecha a medida para su cuerpo esbelto y ligero.

Era habitual encontrarlo tumbado en su hamaca, de hilos de algodón puro entretejidos con hebras doradas, sujeta entre dos árboles majestuosos con flores maduras de cáñamo. Allí se mecía suavemente con la brisa. Así pasaba sus días sin hacer nada, dejando que su mente se elevara mientras su cuerpo descansaba sin tensiones. «¡Gelou!», murmuraba, sonriendo al vacío. Sin saberlo, su presencia transmitía calma a las plantas cercanas, aunque él no entendía cómo.

Súbitamente, notó como empezaba a flotar suavemente, como si una parte de él se separara. Lentamente se giró, sin esfuerzo alguno, y vio su propio cuerpo físico que continuaba en la hamaca. Sorprendido y, a la vez, entusiasmado, avanzó flotando sin rumbo fijo. Primero muy despacio, recorriendo la superficie conocida de Monte Kush. Después más rápido subiendo hacia al cielo, traspasando las nubes algodonosas, y llegando hasta el espacio exterior de Monte Kush. Se encontró así, rodeado de estrellas lejanas que brillaban un poco más cerca y de galaxias que parecían poder tocarse con las manos, disfrutando de todo el universo.

Mientras admiraba una nebulosa, se dio cuenta de que ésta avanzaba acercándose con rapidez hacia él. Cuando estuvo más cerca, fue cobrando la forma de Maestro Puff: con su túnica verde cubierta de capullos dorados que reflejaban las estrellas, y su barba y cabellos de cannabis brillando con luz propia.

Maestro Puff extendió las manos hacia Paradise que las tomó entre las suyas. Al contacto surgió un resplandor suave. Paradise oyó en su cabeza: “Joven de dos almas, tu luz ya tiene dirección”, sus pensamientos sincronizados con los de Maestro Puff..
Tomados de la mano, descendieron de vuelta a la superficie de Monte Kush. Paradise de nuevo en su cuerpo físico, todavía extasiado, se incorporó con una sonrisa. “¿Quién eres?”, preguntó. “Soy Maestro Puff”, respondió su nuevo compañero, “y traigo claridad a tu don”. Una luz lo envolvió con una oleada de bendición, intensificando su equilibrio, y rió suavemente. “¿Cómo lo haces?”, preguntó. “Con amor y la esencia de Monte Kush”, rió él, sentándose a su lado.

“Tu estado bendice este lugar”, explicó Maestro Puff, su túnica ondeando como un río de luz. “¿Bendice?”, preguntó Paradise, intrigado. “Sí, con tu intención”, respondió, moviendo su mano en un gesto que abarcaba todo alrededor.

Paradise lo imitó, y su esencia de dulce, pino y fruta se esparció, haciendo que las hojas brillaran y las rocas cantaran una melodía calmada. Por primera vez, sintió su don fluir, transmitiendo su estado a las plantas y al aire. El bosque se llenó de una paz exaltada, y Maestro Puff asintió. “Tu equilibrio puede equilibrar a otros. Aprende a compartirlo”.

Paradise sintió su relajación y exaltación unirse en un propósito claro, consciente entonces completamente de su don. Y pasó días en el bosque perfeccionando su habilidad para transmitir calma y elevación a los habitantes de Monte Kush. Finalmente dijo: “Estoy listo para que todos sientan esto”, y Maestro Puff sonrió, cerrando los ojos. «Cada equilibrio es una obra maestra”, afirmó.

La bendición que lleva Paradise no necesita ser buscada, ni pedida, llega por gracia a cualquiera que está abierto a recibirla. Y si algún montekusiense siente que es digno de ella, pero no le llega, tan sólo tiene que visitar a Paradise para darse cuenta de qué es lo que no le ha permitido abrirse a ella hasta entonces y decidir conscientemente que quiere hacer al respecto.

A veces, Paradise, vuelve a tumbarse en aquella hamaca blanca y dorada, dejando que la brisa lo meza, agradeciendo el encuentro que le conectó con su don y le permite conectar a otros con el paraíso compartido que todos llevan dentro desde el momento de su nacimiento.