El Mango Rodante

El Monte Kush se alza majestuoso bajo un cielo arremolinado de verdes neón y púrpuras, con islas flotantes de nubes algodonosas que lanzan promesas de dulzura. Esta es la historia de cómo Mango, un terpenauta sonriente y juvenil, conoció a Maestro Puff, un encuentro que transformó su soledad en un destello de alegría para este mundo divertido.

En un bosque frutal, Mango pasaba sus días alegremente entre árboles cargados de mangos gigantes: recolectando, trepando, jugando, saltando… sin ninguna preocupación. Pero ese día era diferente. Su figura relajada se movía con desgana bajo la luz iridiscente. Sus ojos, aunque chispeantes de felicidad, mostraban un atisbo de aburrimiento.

Su cabello exactamente del color de mangos a punto de madurar (igual que su barba poco poblada) estaba despeinado y caía sobre su rostro mientras lanzaba piezas de su fruta preferida al aire, atrapándolas con monotonía. Su risa fácil se había apagado, reemplazada por susurros a sí mismo. “Hey! Heeeeey!”, murmuraba, “me encanta esa fruta: maaaaango… pero esto se pone aburrido solo”.

De repente, uno de los mangos gigantes rodó hacia un bosque de cristal cercano, rompiendo su rutina. “¡Algo nuevo!”, exclamó, siguiendo el rastro con un atisbo de curiosidad que se vio claramente en sus anteojos con lentes como pulpa de mango traslucida. Trataba de caminar con cuidado para que sus zapatillas deportivas no hicieran ruido (cosa imposible, porque cada vez que tocaban el suelo soltaban una risita traviesa y relajada que acompañaba cada paso).

Al adentrarse en el bosque, los cristales reflejaban su figura en destellos juguetones, pero el mango había desaparecido en una extraña niebla que parecía salir de la nada. “¡Qué broma tan rara!”, rio débilmente, sintiendo la soledad pesar.

De pronto, un resplandor cálido iluminó el sendero. Maestro Puff emergió de la bruma, su túnica verde brillando con los capullos dorados bordados en ella. Su cabello y su barba de cannabis relucían suavemente, y los árboles de cristal a su alrededor vibraban con sus pasos. Se detuvo frente a Mango, extendiendo las manos; de ellas brotó una luz verde que disipó la niebla, revelando el mango flotando como una esfera luminosa. “Pequeño eco de risas, tu carcajada duerme en este silencio.”, dijo, su voz como un murmullo de hojas danzantes.

Mango, con una sonrisa tímida, se rascó la cabeza. “¿Quién eres?”, preguntó. “Me llaman Maestro Puff”, respondió, “y traigo compañía a tu alegría”. La luz lo envolvió con una calidez relajante, y su risa volvió sin motivo aparente. “¿Cómo lo haces?”, preguntó. “Con amor y la esencia de Monte Kush”, rio también él acompañándole y ofreciéndole el mango rodante. Enseguida tomó el mango en sus manos y empezó a pasarlo de una a otra con movimientos que desafiaban la gravedad (era uno de sus pasatiempos favoritos).

Maestro Puff, lo invitó a sentarse sobre uno de los mangos gigantes que allí había, junto a una cristalina, donde los árboles susurraban melodías dulces, y el aire olía a fruta madura. “Tu felicidad puede abrir este lugar”, explicó Maestro Puff, su túnica ondeando como un río de luz. “¿Abrir?”, preguntó Mango, inclinando la cabeza. “Sí, con tus risas y tus juegos», respondió, tocando un cristal. Mango lo imitó, y su esencia de crema, dulce y fruta tropical se esparció, haciendo que los árboles rieran a carcajadas y las nubes soltaran risas suaves. De las sombras emergieron otros seres de Monte Kush, atraídos por su alegría. Llegaban hasta allí personajes de lo más diversos, de cualquier forma y tamaño, pero todos con un nexo común: el hilo de la energía jovial de Mango. El bosque se llenó de una sociabilidad vibrante, y Maestro Puff asintió. “Tu risa reúne a todos. Compártela.”.

Mango sintió su relajación mezclarse con una excitación nueva, su soledad reemplazada por amigos. “Quiero que riamos juntos a todas horas”, dijo dirigiéndose a todos los presentes. Maestro Puff le revolvió el pelo con cariño, diciendo “Cada juego es una obra maestra”.

El bosque donde antes Mango jugaba solo, se transformó en un refugio para cualquier montekushiense que necesita cambiar de aires; allí, recolectando mangos y jugando con ellos – cada uno a su estilo, se encuentra una relajación compartida con el resto de refugiados; todos unidos con la alegría contagiosa y relajada de Mango, que sigue siendo el corazón joven y feliz de Monte Kush.

A veces, Mango, regresa al punto donde aquel mango gigante empezó a rodar y sigue el sendero hasta el bosque de cristales, exclamando “¡Hey!” cada dos o tres pasos acompañando las risitas juguetonas de sus deportivas. Así muestra su agradecimiento por aquel acontecimiento que le mostró que él podía hacer algo más que disfrutar en soledad de su fruta preferida. Simplemente compartiendo su dulzura y su risa sin cambiar nada, lo cambia todo.