Así… Siempre…

El Monte Kush se alza majestuoso bajo un cielo arremolinado de verdes neón y púrpuras, con islas flotantes de nubes algodonosas reflejándose en sus paisajes imposibles. Esta es la historia de cómo GoGlue, una terpenauta profunda y visionaria, conoció a Maestro Puff, un encuentro que la sacó de su individualidad en este mundo compartido..

En lo más hondo de una cueva húmeda y luminosa, GoGlue yacía inmóvil sobre un lecho de musgo brillante, envuelta en un estado de relajación eterna. Ni muy joven, ni muy vieja, su figura exótica destacaba: su pelo azul rizado con mechas verdosas estaba recogido, pero algunos mechones caían como un río de zafiro sobre su piel morena, que relucía con tonos terrosos bajo la luz de los cristales.

Un parche verde cubría su ojo derecho, otorgándole un aire enigmático, mientras su ojo visible brillaba con una euforia serena cuando lo abría. Vestía una elegante bata esmeralda de bordados violetas. Todo su ser estaba sumergido en una calma infinita. Su respiración era tan lenta que parecía detener el tiempo. El aroma de yerba, humedad y tierra llenaba el aire, envolviéndola en una quietud impecable. “¡Uahhhhhh!”, bostezaba. “Sólo estar… todo perfecto…” murmuraba, su voz un susurro adormilado, tan despacio que casi no conectaba unas sílabas con otras.

Sin moverse, absorbía la paz, ajena al mundo exterior, hasta que un temblor leve agitó la cueva y la sacó de su letargo. “Ugh… ¿qué pasa?”, susurró, abriendo su ojo con esfuerzo.

Un resplandor cálido se filtró entre las rocas. Maestro Puff emergió de la penumbra, su túnica verde brillando con sus capullos dorados bordados en una danza sin fin. Su barba de cannabis relucía como un faro, y los cristales de la cueva respondían a su presencia con pulsos suaves. Se detuvo junto a GoGlue, extendiendo las manos; de ellas brotó una luz verde que la envolvió como una brisa etérea. “Hermana de quietud, tu paz guarda un eco”, dijo, su voz como un murmullo de la tierra. GoGlue, con un bostezo lento, giró la cabeza. “¿Quién… eres?”, preguntó, su tono perezoso. “Me llaman Maestro Puff”, respondió, “y traigo presencia a tu refugio”.

La luz la inundó con un torbellino de dicha, intensificando su euforia, y esbozó una sonrisa soñolienta. “¿Cómo… lo haces?”, murmuró. “Con amor y la esencia de este mundo”, rio él, sentándose a su lado y acompañándola durante un segundo eterno en su descanso.

Después hizo un gesto, ambos se incorporaron lentamente, y flotaron hasta la entrada de la cueva, donde una cascada de luz líquida se alzaba en la distancia, sus aguas reflejando un cielo neón. Allí los líquenes y las lianas creaban una cortina que apenas dejaba ver el exterior, pero lo suficiente para que todo fuese distinto y que los cristales cercanos reflejarán una luz tenue que iluminaba el lugar. Ante la llegada de GoGlue, los líquenes susurraron: “¡Bienvenida, visión!”. Fuera, los árboles dejaban caer hojas húmedas, y el aire olía a tierra viva. “Tu quietud sostiene este lugar”, explicó Maestro Puff, su túnica flotando como un velo de luz. “¿Sostiene?”, preguntó Goglue, con un bostezo prolongado. “Sí, con tu presencia”, respondió, tocando un cristal cercano. Goglue extendió una mano con una lentitud de cuento, y su esencia de shunk, humedad y tierra se expandió, tejiendo un aura que serenó a las plantas y las nubes. Mientras en los cristales del interior de la cueva empezaron a aparecer imágenes que se sucedían unas a otras como explicando una historia completa. Eran las mismas imágenes que llegaban a la cabeza de GoGlue en ese momento. El ambiente se llenó de un reposo eufórico, y Maestro Puff inclinó la cabeza. “Tu estado guía a otros. Quédate y compártelo. Ayúdalos a ver cómo tú ves.”.

GoGlue sintió su relajación profundizarse aún más, conectada con Monte Kush al completo sin necesidad de moverse. “Quiero… quedarme así… siempre”, dijo, y Maestro Puff sonrió, tocando suavemente sus ojos con una mano: “Cada visión es una obra maestra”, respondió.

GoGlue ya no regresó a lo profundo de la cueva, se quedó cerca de la entrada y ese rincón se transformó en un santuario donde recibe a todo el que se acerca en busca de sus consejos mágicos. El procedimiento es muy sencillo, sólo hay que sentarse o tumbarse a su lado y dejarse contagiar por su inmovilidad relajada. En ese estado, las visiones necesarias fluyen espontáneamente en los cristales del lugar (cómo solucionar un problema, cómo emprender una nueva aventura, cómo abandonar un hábito, etc.).

A veces, cuando una vibración la despierta lo suficiente, GoGlue roza un cristal cercano con gratitud, recordando como llegó a ese espacio sin igual y cómo empezó su nueva vida de servicio a los demás.